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viernes, 20 de septiembre de 2019

Viaje a Ciegas (Relato)


…«El mundo es ancho y complejo; y tristemente estamos diseñados para viajar a ciegas por él». Pensó Zaida mientras se disponía a bajar del autocar…
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Eran las doce de la mañana, hacía un día estupendo, faltaba una semana para el inicio del verano. Carmen estaba a punto de subir al metro en la estación de Bilbao, cuando recibió una llamada que la obligó a regresar apresuradamente al piso donde vive, y que comparte con su amiga Zaida en pleno centro de Madrid. 

Carmen entró al piso, acudiendo directamente a la habitación de Zaida, su vecina le había alertado: «Ten cuidado, está como loca, da voces y tira cosas contra las paredes».  Se asomó con sigilo por la puerta entreabierta, evitando ser el blanco de alguno de los objetos que su amiga lanzaba. 

— ¿Qué sucede amiga? ¿Te has vuelto loca? Por favor para ya de lanzar cosas para poder entrar. ¿Te relajas un poco y me cuentas?

Zaida respiró profundo sentándose en la horilla de su cama, y comenzó a llorar. Ya sabía que aquel sueño con Roberto era demasiado lúcido; ella quiso ignorarlo, pero esto ya le había pasado tantas veces; esos avisos oníricos con personas cercanas, familia, novios, parejas, amigas… Estaba sucediendo de nuevo, sólo que esta vez le resultaba intenso y demasiado doloroso, ya que había planes de boda. 

Zaida intentó pasar de aquel aviso onírico, pero esa mañana una fuerza casi sobrenatural la movió, al final salieron por su boca aquellas palabras que llevaba días resistiéndose a pronunciar. Su novio la llamó al móvil y ella le dijo: «¿Sabes? Lo sé, sé lo que me estás haciendo». Y le narró el sueño sin decirle que lo había soñado, actuando como si lo hubiese descubierto. Cuando Roberto la escuchó describir todo con tanto detalle, se sintió tan expuesto, que no le quedó más remedio que aceptarlo, reconocer que aquello era así.

— ¿Recuerdas el sueño que te conté? Pues ha sucedido, está pasando, es real. «Zaida, casi en estado catatónico por fin pudo decir algo a su amiga Carmen».

— ¿Qué, cómo…? ¿Roberto te ha hecho eso? ¡Pero… estoy que alucino, no sé qué decirte!

A Carmen se le atragantaban las palabras, no era fácil asimilar aquello, pues ella jamás se había tomado en serio cuando Zaida le contaba, que sus relaciones amorosas terminaban porque siempre descubría por sueños las infidelidades de ellos. 

—Lo tengo claro y asumido amiga. «Dijo Zaida mientras contemplaba la pared y se limpiaba las lágrimas de sus enrojecidos e hinchados ojos». Soy una persona con una discapacidad, estoy incapacitada para vivir en este mundo creyendo y confiando. Porque para poder estar aquí y vivir como casi todos sin sufrir, hay que ser discapacitado psíquico. Yo quiero casarme Carmen, tener niños…

— ¿Y tú ves algún provecho en casarse con alguien así? Construir un modelito mentiroso de pareja feliz, negando ver lo que ves, no ser quien eres, muriendo por dentro. Lo que yo veo es que este rato de dolor te ahorrará mucho sufrimiento futuro. Míralo como un privilegio, hay un algo, o lo que sea que te avisa, ya quisiera yo tener una antenita extrasensorial para muchas cosas.

—Me voy. «Dijo Zaida levantándose de la cama como impulsada por un resorte».

— ¡Qué! ¿A dónde vas? ¡Yuriviczaida cálmate! No te trastornes más de lo que ya estas. Relájate un poquito, no tomes decisiones a lo tonto y a ciegas.

— ¡Carmen no me llames Yuriviczaida, ahora mismo no estoy para jueguitos!

Yuriviczaida era su nombre, el real, Zaida era venezolana, este era el estilo de aquellas tierras sudamericanas desde hacía unas cuantas décadas; mezclar varios nombres de abuelo, abuela, madre, padre, etc., y crear nuevos, a veces funcionaba, y el resultado era artístico y musical. Pero a Zaida su nombre le  sonaba como el de una yegua de esas que corren en las carreras de caballos. Zaida tuvo un abuelo materno ruso, llamado Yuri, una abuela materna española, llamada Victoria, también una bisabuela  haitiana, pero Zaida era su madre, de esta mezcla surgió su nombre. 

Tanto su madre como su padre nacieron en Venezuela. Zaida tenía treinta y cinco años de edad y diez viviendo en Madrid. Vino sola, después de que sus progenitores fallecieran, Carmen desde entonces era su mejor y permanente amiga; la llamaba Yuriviczaida cuando estaba de bromas o enfadada con ella.

— ¡A lo tonto y a ciegas dices! «Exclamó Zaida». Pero si así vamos casi todos en este mundo. Nos jactamos de estos cinco y maravillosos sentidos, sintiendo compasión por las personas que no ven o que no oyen. ¡Pero si somos discapacitados psíquicos! Y a  mí de poco me sirven estas visiones de los sueños, si no tengo un manual de operaciones, y me estrello con la vida como la gran mayoría.

— A ver amiga, tú me has hablado de los niveles  o porcentajes de las discapacidades visual y auditiva, ¿No? Pues haciendo una comparación con eso… Si una grandísima mayoría tenemos un 100% de discapacidad psíquica, otros un 90% y así sucesivamente, entonces será un privilegio ser un discapacitado psíquico con un 95%, por ejemplo.

Carmen estaba haciendo todo lo posible por sacar a su amiga del bucle del dolor en el que percibía se iba a pasar una larga temporada. Zaida acababa de finalizar un curso de “Mediadora Comunicativa entre Personas Sordociegas y la Comunidad”, dirigido a gente en paro laboral. Le quedaba un año por cobrar el subsidio por desempleo; así que no había nada que la atase a Madrid en ese momento. Metió en un bolso lo poco que consideró necesitar, con la intención de dirigirse a la Estación Sur de Autobuses de Madrid.

— Amiga, «dijo Zaida mientras se dirigía al baño a darse una ducha» tener un cinco por ciento de percepción no es un privilegio; esto genera dolor y desadaptación social del entorno. Te he comentado alguna vez que las personas con sordera están más felices en contacto con una comunidad de sordos ¿Por qué? Eso es obvio, porque hablan una lengua de signos que les une, les acerca, les crea identidad, poseen rasgos similares que desarrolla empatía entre ellos, etc. Así que iguales o parecidos van mejor juntos. ¿Y yo con quién? Si yo fuese una discapacitada psíquica del 100%, si no tuviese esta herramienta onírica, podría casarme con un mentiroso infiel, y para cuando me diese cuenta de ello ya tendría unos maravillosos niños, así que mandarlo a la porra me importaría una caca. Bueno… Menos mal que aún me queda la posibilidad de la inseminación. «Acto seguido se metió en la ducha».

Zaida llegó sobre las catorce y diez horas al Intercambiador Estación Sur de Autobuses, sin tener idea de cual dirección tomar. Mientras se dirigía a las taquillas para sacar algún boleto, escuchó que alguien le llamaba a voces; era Carmen, había llegado en taxi desde el centro de estudios donde realizaba un curso; su profesora se había enfermado y estaría de baja por una semana. Ellas se querían muchísimo, ambas habían juntado sus soledades para hacerlas más llevaderas. Carmen había crecido prácticamente en centros tutelados de menores, repartiendo muchas veces su vida adolescente en hogares de acogida, hasta que fue mayor de edad. Aunque un poco alocada, era lista y bastante responsable pese a sus antecedentes familiares. Ellas se habían adoptado mutuamente, eran una familia. Zaida la miró con resignación, quería irse y estar sola, pero conociendo a su amiga sabía que era imposible disuadirle de la idea de acompañarle.

Una mujer y un niño pequeño pasaron a toda prisa delante de ellas, se les cayó una visera; Zaida la recogió y corrió tras  ellos para dársela. El niño tiraba de la mano de su madre diciendo «¡Tengo hambre!». La madre le aclaraba con paciencia: «Cariño ahora no podemos comer, quedan diez minutos para que salga el autocar a Granada, te daré un bocadillo cuando subamos.» Zaida les entregó la visera y corrió a las taquillas.

— ¿A dónde vas? «Gritaba Carmen corriendo tras ella».

— Corre, nos vamos a Granada.

Encontraron boletos a Granada para las dos, salida catorce y treinta horas y llegada a las diecinueve y treinta. La mayoría de los pasajeros habían abordado el autocar, ellas llevaban apenas un bolso de mano, así que en pocos minutos estaban ocupando sus asientos. No fueron las últimas en subir; y mientras Carmen ya había entablado conversación con la pasajera del asiento trasero, a quien parecía conocer; Zaida, que ocupó el lado del pasillo, observaba con atención a los dos últimos pasajeros en abordar. Eran dos hombres, uno aparentaba unos treinta y seis años, y el otro unos veintiocho. El menor era sordociego, ella lo supo porque llevaba un bastón rojo y blanco. Vio como su compañero le decía algo con el sistema de comunicación dactilológico en palma, y soltaba su mano para que por sí solo identificara el número de su asiento. El autocar estaba adaptado para personas con movilidad reducida, así que las placas con la numeración de los asientos e información sobre aspectos de seguridad, estaban también escritos en braille. El chico sordociego parecía estar habituado a viajar, y familiarizado con estas características del autobús. 

El chico sordociego se sentó del lado de la ventana en los asientos inmediatos a ellas, al otro lado del pasillo; una vez sentados, el otro hombre quien quedó del lado izquierdo de Zaida, observó la atención visual que ella les prestaba  y le regaló una espléndida sonrisa. En otras circunstancias ella habría tenido el desparpajo de abordarle y hacerle un montón de preguntas, pero hoy no podía; aun así entretuvo un rato sus maltratados pensamientos con varias interrogantes; «¿Era él un mediador comunicativo? ¿Un familiar del chico? ¿De qué grado sería la discapacidad del muchacho y su origen?» Pero su agotamiento emocional y psicológico era tremendo, sólo quería permanecer en silencio.

El silencio y la aparente tranquilidad que parecía augurar el recorrido de aquel viaje, se quebró. Transcurrida una hora, un chico de unos trece años que viajaba con su padre en los asientos frente a ellas, comenzó a ver a todo volumen una película desde YouTube. Después de cinco minutos de una escena de tiros y palabrotas, Zaida le pidió por favor que usase audífonos. Carmen se había quedado profundamente dormida, ella  podía hacerlo en medio de un campo de batallas.

— ¡Oye, tú a mi niño no le das indicaciones! ¿Vale? «Le replicó el padre del chico en tono agresivo».

— De acuerdo caballero, entonces déselas usted. «Contestó Zaida».

— Papá se rompieron los audífonos y quiero ver esta peli. «Dijo el adolescente».

— ¿Has oído amargá? ¡Así que te aguantas!

Zaida se levantó del asiento reaccionando con furia, y en voz alta le lanzó al hombre un tropel de frases maracuchas, de esas que le surgían naturalmente cuando le sacaban de sus casillas.

— ¡Mira platelminto y guircho sin remedio! Será mejor que le digas a tu pichón de Chuckie  que estas criando, que baje el volumen o apague, o aquí se arma un verguero.

Carmen despertó asustada diciendo: «¡Madre mía ya se le activó el gen maracucho!».

— ¿Qué pasa por dios, qué pasa? «Preguntó la pasajera de atrás».

—  Perdonadle por favor, es que está muy afectada y sí se enfada mucho habla en su jerga natal, es que ella es de Maracaibo, sabe… «Carmen daba explicaciones sin saber lo sucedido».

— ¡Cállate pendeja! No sabes una vaina de lo que está pasando «Exclamó Zaida».

— ¡Pues tía aprende a hablar castellano a ver si nos entendemos! «Dijo el padre del chico».

— Escucha cafre, te lo digo ahora en castellano del tuyo. No eres más que un bocachancla, y un cani, y encima enseñando a tu prole a ir a su bola sin respeto por otros, en vez de decirle que deje de dar la brasa con el volumen alto de su peli. ¿Te enteras?

Zaida al mismo tiempo que decía esto, escuchó a la pasajera de detrás de ellas susurrarle bajito a Carmen: «Oye… tu amiga no está bien ¿Verdad? ¿Toma alguna medicación?».

— ¡Sí señora estoy enferma! «Respondió Zaida». Llevo un mes sin medicarme, tengo una enfermedad sudamericana por si quiere saberlo, se llama SMR, Síndrome de la Mezcla Racial, y se activa ante el enfado por las injusticias. Los enfermos de esto tenemos que estar medicados permanentemente, siendo este mundo tan injusto, claro está.

Dicho lo anterior Zaida y Carmen, en actitud de complicidad, cayeron en los asientos tapando sus bocas para silenciar sus risas. Se conocían tanto, estas intervenciones creativas les salían a ambas de manera natural  ante ciertas circunstancias adversas. Sus vecinos de asientos delanteros y traseros se quedaron el resto del viaje como muertos. El padre bocachancla ordenó al chico apagar inmediatamente el móvil. Ahora sí había el silencio ansiado por Zaida quien miró a su vecino de la izquierda preguntándose: «¿Cómo seguirá dormido pese al jaleo que hemos montado?».

El autocar hizo su parada de descanso a las diecisiete y quince horas en Santa Elena, Jaén, en un área de servicios llamada Abades Puerta Andalucía. Zaida se dio cuenta que el hombre que acompañaba al sordociego era sordo, pues el pasajero bocachancla, les insultó a sus espaladas por haberle tropezado al bajar del autobús. 

En segundos todas las mesas de la estancia fueron ocupadas, y la pareja de hombres con discapacidad no encontraba sitio; Zaida se levantó para invitarles a sentarse con ellas. Carmen se quedó mirando con admiración como su amiga se comunicaba con el hombre sordo en Lengua de Signos Española, también con el chico sordociego en la misma Lengua, pero apoyada. 

Se sentaron juntos; Zaida iba traduciendo la conversación a Carmen y viceversa, al mismo tiempo Matías, el hombre sordo, integraba a Joaquín, el chico sordociego, comunicándose con él en LSE apoyada y dactilológico en palma.  Los dos hombres eran amigos, la discapacidad de Joaquín se debía al síndrome de Usher I, y su ceguera comenzó a los diez años. Matías quedó sordo a los quince  por accidente de coche, así que hablaba bien y respondía de forma oral a las chicas.

La media hora del descanso pasó volando, cada pareja de amigos acudió a los servicios antes de abordar de nuevo el autocar.

— ¿Has visto que ojazos tiene Matías? No oirá pero como mira… Mejor dicho, como te mira.

— Venga Carmen, que mi programa de ligue está con virus, y pasará en cuarentena muchísimo tiempo. Vamos que nos deja el autobús.

Ya a bordo, Matías y Zaida no pararon de comunicarse en LSE; el mostraba la espontaneidad de las personas con sordera y al mismo tiempo delicadeza; tenía muchas ganas de saber de ella y de su vida, pero cada intervención era tan sutil, que poco a poco consiguió romper su actitud reservada. En esto se notaba que no era un sordo prelocutivo, y conservaba aun el estilo de interrelación de las personas oyentes.

Zaida escuchó al adolescente preguntar en susurros a su padre el bocachancla: 

— Papa, ¿Qué hace esa gente? 

— Calla, que los anormales se entienden entre ellos.

Zaida respiró profundo exclamando mentalmente: «¡Maldita sea!» Pensando en su hiperacusia. Quedaba sólo media hora para llegar a Granada. Matías le preguntó si volvería a verlas y donde se hospedarían, Zaida contestó que pasarían la noche en el primer lugar en el que encontrasen habitación, y mañana ya verían si acudir a otro sitio o no. El comentó que sus padres regentaban un hostal y que a lo mejor podría hacer algo por ellas. Hizo una videollamada, al finalizar le dijo que todo estaba resuelto, que tenían habitación. Zaida comunicó esto a Carmen y ambas estuvieron de acuerdo, total no llevaban plan ninguno para aquel viaje a ciegas.

— Oye… «Dijo Carmen en actitud maliciosa». Cuando yo tenga una contaminación por ruptura amorosa, me gustaría encontrar un limpia virus como Matías.

— Calla, que aquí no pasa ni pasará nada.

— No será porque él no quiere, desde aquí oigo el megáfono de sus expresivos ojos negros cantar: “me gustas mucho turu-turu-ruuuu”. Yo con uno así me saltaba cualquier cuarentena post ruptura.

— Sí, lo sé, tú sí.

Zaida encendió por fin su móvil; Roberto había escrito veinticinco mensajes de WhatsApp, y también tenía quince llamadas perdidas; los borró todos sin leerlos y bloqueó su número telefónico. No había marcha atrás. Ella que pensaba ser la novia oficial,  resultó que era la otra, ella era la amante de Roberto sin saberlo. Su mujer había contratado un detective y le había pillado. No pudo evitar las lágrimas y pensó: «Son las últimas, lo juro». Lanzó su móvil al bolso como si de esa manera pudiese borrarlo todo.

Matías la observó secarse las lágrimas y cogió su mano izquierda con ternura. Ella aceptó aquella mano, no le miró, prefirió sentir lo que le transmitía aquel contacto, pero su parloteo mental era intenso, opacando cualquier sensibilidad. No sintió, no podía sentir nada. Ella recuperó su mano y le miró a los ojos preguntándose mentalmente: «¿Quién eres?». Respiró profundo: «¿Podré mirarte y saberlo? ¿Te descubriré en algún sueño siendo quien no pareces ser ahora mismo? Ahora veo verdad y dulzura en tus ojos, pero… ¿Tu otro lado cuándo me lo mostraras? Tarde o temprano lo harás, es cuestión de tiempo». Quedaban unos metros para entrar a la estación de pasajeros. Apartó su mirada de los ojos de Matías y siguió pensando: «Fin de una relación, fin de un viaje, inicio de una estancia en otra ciudad… ¿Volveré a Madrid? No lo sé».

El autobús se detuvo, la mayoría de los pasajeros se pusieron de pie, el hijo del  bocachancla; empujó sin modales a los otros para ser el primero en bajar. Carmen observó al chico,  le resultaba anecdótico que fuese el «pichón de Chuckie -hijo de muñeco diabólico-», el primero ante quien se abrían las puertas del autocar; puertas que para ella simbolizaban la posibilidad de un reinicio de vida… 

«El mundo es ancho y complejo; y tristemente estamos diseñados para viajar a ciegas por él». Pensó Zaida mientras se disponía a bajar del autocar…

Unar Idycula

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